La cultura empresarial de Monterrey y su papel en la seguridad pública de México

Un restaurante en la colonia de San Pedro Garza García, en Monterrey, donde fuera de las zonas más acaudaladas la violencia y corrupción son cuestión del día a día. CreditBrett Gundlock para The New York Times

Llegamos a Monterrey, una pudiente ciudad comercial de México, con muchas preguntas. Sin embargo, insistimos en una en particular porque no podíamos creer la respuesta que nos decían tantas personas.

¿En realidad les parece bien que los líderes empresariales locales tomen control de la policía?

Hicimos esta pregunta a pobres y ricos por igual. La hicimos en oficinas corporativas y centros comunitarios. La hicimos a activistas y funcionarios de gobierno. Se la hicimos a un hombre a quien unos criminales habían obligado a abandonar su casa. Se la hicimos a una monja.

La respuesta, usualmente acompañada de expresiones de fastidio por nuestra insistencia, siempre fue un sí.

Intentamos explicar nuestra incredulidad. Si los principales empresarios de, digamos, Washington, tomaran el control de las agencias locales de la policía, reformaran las prácticas de esa institución desde las esferas más altas hasta los rangos más bajos y pagaran los salarios y la vivienda de los policías, importaría poco si con eso disminuyera el índice de delincuencia; la situación sería incómoda y criticada si los directores de las empresas aeroespaciales y de defensa locales coordinaran de facto la seguridad pública.

Armando Torjes, un activista comunitario del vecindario de clase trabajadora Guadalupe, fue quien mejor nos pudo explicar la situación. A nadie le preocupa que los empresarios actúen como políticos porque, según señaló, el problema real es que los políticos se comportan como empresarios.

“No es que los empresarios sean malos; el problema es que reciben todos los privilegios. Deberían hacer algo para retribuir”, nos dijo mientras su madre, quien también es activista, nos servía una limonada en la sala de su casa.

“Tenemos una clase política que olvida por completo para qué está ahí. De repente, lo único que les importa es hacer negocios”, se lamentó, haciendo referencia a la corrupción política que persiste en todos los niveles.

Estando ahí empezamos a ver a qué se refería. La actividad delictiva no era el único problema de Monterrey; había un desmoronamiento institucional en prácticamente todos los niveles del gobierno que permitió que la corrupción fuera la norma, incluso entre sus policías que recurrían a golpizas y extorsiones de los ciudadanos casi con el mismo descaro que los grupos de delincuencia organizada.

Para resolver el problema delictivo era necesario remediar la corrupción y, para lograrlo, era necesario componer el sistema público.

A esa misma conclusión llegaron los principales empresarios de Monterrey. Pero su método, en vez de hacerle arreglos al sistema público, fue hacer al Estado de lado.

Jorge Tello, exdirector de la agencia de inteligencia de México, nos recibió en el club privado al que pertenece, frente al palacio municipal, para contarnos cómo sucedió.

“La primera reunión que recuerdo fue con el gobernador en la oficina de Lorenzo”, relató Tello. Se refería a Lorenzo Zambrano, el director ejecutivo de Cemex y líder no oficial de la comunidad empresarial de Monterrey hasta su muerte en 2014.

Los cárteles del narcotráfico, tras años de asolar a las comunidades más pobres, habían comenzado a poner la mira en las personas más acaudaladas, que ahora se sentían más en peligro.

“El gobernador nos dijo: ‘Tienen que ayudarme. No puedo hacerlo solo’”, explicó Tello. Fue una admisión tácita de la impotencia del Estado.

La colonia Guadalupe, en Monterrey. En zonas populares, según un residente, “es contraproducente” llamar a la policía. CreditBrett Gundlock para The New York Times

Para comprender lo que ocurrió después, es necesario estar familiarizado con la peculiar cultura corporativa de Monterrey. es una mezcla de, por un lado, la sofisticada élite de Davos; por otro, los inversionistas al estilo de Wall Street en los años ochenta que trabajan desde casas de playa en Florida (muchos caballeros con trajes de color claro, manos bien manicuradas y cabello perfecto); y, por último, mayoritariamente compuesto por una cultura vaquera que abunda en esta parte de México.

Zambrano, cuya personalidad enérgica no le restaba lo aristocrático, aceptó encabezar un movimiento de reforma que a fin de cuentas se tradujo en la toma de control de la fuerza policiaca local. Pero antes que nada, debió asegurarse de que los ejecutivos de Monterrey permanecieran en el área para colaborar en la tarea y, por supuesto, aportar el financiamiento indispensable. Algunos ya estaban considerando mudarse de manera permanente al área cercana de Houston.

Así que Zambrano tuiteó un mensaje que los líderes empresariales de Monterrey todavía citan como un llamado a tomar las armas: “Quien se va de Monterrey es un cobarde. Hay que luchar por lo que creemos. ¡Tenemos que retomar nuestra gran ciudad!”.

Después de algunos años, los líderes comunitarios como Torjes vieron mejorías. A medida que se movilizó una nueva fuerza policiaca experimental a las calles, con el respaldo de los ejecutivos, comenzaron a bajar los índices de delincuencia y los reportes de brutalidad policiaca.

Las reformas fueron oro puro para el estudio académico. Juan Salgado, experto en gobernanza del CIDE, una universidad de Ciudad de México, dijo que esta nueva fuerza era “muy impresionante”.

“Lo que hicieron fue crear servicios policiacos comunitarios integrales”, explicó, y destacó que las reformas no solo prosperaron debido a la generosidad de los directores corporativos, sino gracias a que fue posible deshacerse de la corrupción política usual y las negociaciones amañadas.

Pero entonces, según explicó, “hubo cambios en el gobierno”.

A nadie del sector público o corporativo de Monterrey le gusta hablar acerca de los acontecimientos de 2015. La única excepción es Tello, quien considera importante que la ciudad reconozca lo que sucedió.

“Me hace enojar” recordarlo, dijo.

El gobernador Rodrigo Medina dejó el cargo ese año. (Después fue acusado de malversación de fondos, algo que mencionamos solo para hacer evidente cuán generalizada es la corrupción en el gobierno). Los ejecutivos de Monterrey, quizá un poco confiados por su autonomía recién descubierta, respaldaron a un candidato independiente que esperaban sería todavía más dócil.

Sin embargo, Jaime “el Bronco” Rodríguez resultó ser todo menos dócil. Es un personaje que combina la retórica vigorosa y populista con el nepotismo de antaño. Las reformas se frenaron y retornó la actividad delictiva.

Torjes, el activista comunitario, comentó que el problema real no es el gobernador en sí, sino el sistema político, pues las reformas nunca perduran.

“Cada vez que llega un político nuevo, hace algo distinto”, aseveró; en esta queja coinciden tanto activistas como académicos por todo México. “Nunca sabes si algo va a sobrevivir las siguientes elecciones”.

Fue nuestro gran descubrimiento después del tiempo que pasamos en Monterrey. El Estado mexicano, que se encarga de dirigir a la décima población más numerosa del planeta y debe resguardar una masa continental que ocupa el lugar número 14 en la clasificación mundial, es peligrosamente débil.

Sus instituciones son demasiado débiles para acabar con el crimen y la corrupción que desgarran a la sociedad. Son demasiado débiles hasta para mantener las soluciones que, como en Monterrey, ya han demostrado su efectividad.

En otros países más desarrollados, opinó Tello, “no importa tanto qué desastre haya a la cabeza de la estructura política porque las instituciones son sólidas”.

Una quinceañera se toma fotos frente al parque La Pastora de Monterrey, donde la élite empresarial comenzó a financiar servicios públicos como la educación y la seguridad. CreditBrett Gundlock para The New York Times

Los líderes empresariales de Monterrey intentaron que sus empresas fungieran como sustitutos de esas instituciones. No obstante, fueron víctima de la misma debilidad que intentaron reparar tal que un simple cambio en la gubernatura desestabilizó todo.

Puede parecer una lección técnica o abstracta, pero vale la pena considerarla, no solo en el caso de México. Nadie invierte mucho tiempo en reflexionar acerca de la fortaleza de nuestras instituciones; nos parecen aburridas y complicadas, y en gran medida pasan inadvertidas. Sin embargo, deberíamos pensar un poco más en ellas.

A la raíz de muchas de las noticias más importantes del año pasado, como la limpieza étnica en Birmania, el declive de la democracia en Turquía, el cambio de régimen en Zimbabue o la desestabilizadora lucha por el poder en Arabia Saudita, se encuentra, en parte, la debilidad de las instituciones. Estas son los medios de resguardo establecidos para que el gobierno tenga orden, sea capaz y tenga autocontrol. Sin ellas, se genera corrupción e inestabilidad, comienza a concentrarse el poder y los líderes se dejan llevar por incentivos distintos a los del interés público.

Incluso en los países que Tello clasificó categóricamente en otro grupo, no podemos darnos el lujo de tomar por hecho que las instituciones son sólidas. España se ha desestabilizado debido a un movimiento independentista encabezado por algunas de sus propias instituciones regionales. Hungría y Polonia, sin la supervisión de tribunales y legislaturas que han sido debilitados, van cayendo en el autoritarismo. Los diplomáticos estadounidenses, aterrados ante el desmantelamiento del Departamento de Estado, advierten que el poderío de Estados Unidos en el mundo podría sufrir un retroceso de una generación.

Para muchos de los líderes mexicanos, como la élite empresarial de Monterrey, la decadencia de sus instituciones pasó casi desapercibida hasta que comenzaron a sentir los efectos a nivel personal. Para entonces, ya era demasiado tarde.

 FUENTE: The New York Times



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