Pobreza y desigualdad, tendencias recientes en América Latina

Pobreza y desigualdad, tendencias recientes en América Latina

Por Juan Alanis

Las políticas macroeconómicas y las reformas estructurales implementadas durante las décadas de los ochenta y noventa han tenido éxito limitado para encaminar a la región hacia el crecimiento económico sostenido y sustentable. Algunos estudios recientes en los temas de pobreza y desigualdad muestran que aunque se han producido ganancias importantes en el mejoramiento de la educación y de la salud de los habitantes de la región, los estándares de vida no han mejorado significativamente en los noventa y en algunos países se ha producido inclusive un retroceso. La razón principal para un desempeño tan desalentador parece ser la falta de políticas y estrategias que realmente estimulen el crecimiento económico, mejoren el bienestar general, la equidad y las condiciones de vida de la población.

América Latina es la región más desigual del mundo en desarrollo, lo que atenta de manera directa contra la posibilidad de que los frutos del crecimiento económico puedan alcanzar a los pobres. Por esta razón, las políticas económicas que están dirigidas a promover el crecimiento y la reducción de la pobreza deben tomar en cuenta que es un prerrequisito mejorar la distribución del ingreso en la región. En tal sentido, la palabra clave es ‘oportunidad’. Los pobres necesitan que se les brinden las oportunidades para incrementar y mejorar la calidad de sus activos, especialmente su capital humano. Para generar estas oportunidades, los gobiernos de la región deben concentrarse en aquellas políticas económicas y sociales que promuevan el crecimiento, que generen empleo y reduzcan la desigualdad, que permitan a los pobres participar en el proceso de diseño e implementación de políticas públicas y que contribuyan a mitigar los riesgos provenientes de fluctuaciones económicas indeseadas y desastres naturales.

Pobreza y desigualdad constituyen procesos complejos que son el resultado de una combinación de factores económicos, políticos y sociales que interactúan entre sí y muchas veces se refuerzan mutua- mente, exacerbando sus efectos sobre los más necesitados. Las personas son pobres por diversas razones que incluyen la falta de activos o la depreciación de los mismos, la imposibilidad de acceder a mer- cados (financieros, de bienes, etc.) y la falta de oportunidades de trabajo. Por esta razón, y como se dis- cutirá más adelante, el mecanismo más eficiente para ayudar a la población a escapar de la trampa de la pobreza y la inequidad es a través de la creación de oportunidades que les permita superar la situación de carencia en la que se encuentra. Estas oportunidades se generan promoviendo el crecimiento económico, implementando políticas que ayuden a los mercados a trabajar para los pobres y apoyán- doles con medidas que les permitan adquirir o generar activos. Adicionalmente, aspectos instituciona- les tales como el orden jurídico y los mecanismos de participación en la sociedad, son claves para en- tender los fenómenos de pobreza y desigualdad en la medida en que estos factores pueden ser un obs- táculo para la generación de oportunidades o para que los pobres las aprovechen.

La pobreza y la desigualdad también son reforzadas por normas sociales, valores y factores culturales existentes a nivel del núcleo familiar, la comunidad e instituciones de mercado. Estos factores explican la razón por la cual grupos vulnerables de la población, tales como mujeres, minorías étnicas y diversos grupos raciales, se encuentren en desventaja con respecto a otros grupos de la población para aprovechar oportunidades de una mejor vida.

Otro aspecto fundamental al estudiar los problemas de pobreza y desigualdad es la volatilidad causada por eventos externos imprevistos y difíciles de predecir, tales como fluctuaciones de la actividad económica y desastres naturales, que causan que los pobres puedan perder la poca riqueza que poseen, que se incremente la deserción escolar y que aumente su desesperanza debido a la variabilidad de sus magros ingresos, que los hacen salir y entrar de la situación de carencia, y que se debilite su acceso a oportunidades de desarrollo humano. Adicionalmente, la volatilidad del crecimiento económico puede afectar de manera asimétrica a los pobres. Recientes estudios (Agenor, 2001 y Lustig, 2000) muestran que la pobreza aumenta más durante épocas de contracción económica de lo que se reduce en períodos de bonanza. Esto puede ocurrir porque durante recesiones económicas las familias más pobres se ven obligadas a retirar a los niños de la escuela, lo que conlleva efectos negativos en el capital humano de los más necesitados. Estos efectos son de largo plazo y pueden ser de carácter irreversible.

En general, a nivel mundial se puede observar que aquellas regiones que han crecido más rápidamente han logrado mayores reducciones en los niveles de pobreza. Tal es el caso de Asia Oriental y el Pacífico. La relación contraria también se verifica, y el ejemplo de Europa y Centro Asia así lo confirma. En el caso de América Latina y el Caribe los bajos niveles de crecimiento promedio durante las décadas de los ochenta y noventa han determinado que la reducción en la pobreza haya sido limitada. De hecho, tal como se mencionó anteriormente, los niveles actuales de pobreza total y extrema son bastante similares a los registrados a comienzos de los ochenta.

El crecimiento económico está asociado a la creación de nuevos empleos y al aumento de los ingresos reales de toda la población, lo que ayuda a las personas por debajo de la línea de pobreza a cruzarla. No obstante, el crecimiento económico no lo es todo y sus efectos sobre la pobreza dependen de la distribución inicial del ingreso y de los activos de la población y de otros factores institucionales. Por esta razón, políticas que promuevan una mejor distribución del ingreso y mejores y más fuertes instituciones, contribuirán a que los frutos del crecimiento económico se transmitan más eficientemente y más rápidamente hacia la población de menores recursos.

Debido a la complejidad de los fenómenos de pobreza y desigualdad, así como a sus múltiples dimensiones, la estrategia para atacar estos problemas no puede enfocarse sólo en factores económicos, sino que también deben tomarse en cuenta los factores políticos, sociales y culturales. Adicionalmente, es importante incluir a las comunidades en la resolución de sus propios problemas, así como contar con una red de seguridad social que pueda atender a los más necesitados en momentos en que ocurren fenómenos inesperados, tales como desastres naturales o fluctuaciones inesperadas de la actividad económica.

Redaccion

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