Retomar el crecimiento sostenible y equitativo

Retomar el crecimiento sostenible y equitativo

Por Juan Alanis

El inicio del siglo XXI no ha sido auspicioso para América Latina, en particular para los países andinos cuya situación se ha agravado desde 1998 y no tiene perspectivas halagadoras para el futuro cercano. Los años 90 se han caracterizado por una serie de avances y entusiasmos en su etapa inicial, y por retrocesos y desencantos al cerrar la década.


En el caso de los países andinos, en los últimos quince años se ha llevado adelante una serie de procesos de estabilización, liberalización económica y reformas estructurales tendientes a hacer más eficientes sus economías y promover el crecimiento. Entre 1990 y 1997, el crecimiento del PIB llegó a un promedio anual del 4.0%, una cifra que sin ser extraordinaria constituyó un sustento para mejorar el bienestar de la población. Estos resultados positivos vinieron acompañados por un importante avance en términos de consolidación de sistemas democráticos, integración regional y mayor conciencia ambiental.


No obstante, el desempeño reciente de las economías andinas ha sido muy pobre: en el período 1998-2001, el crecimiento cayó a un promedio de apenas 0,3%, un nivel incluso más bajo que el alcanzado durante la llamada década perdida en los años 80. De igual manera, la tasa de desempleo abierto subió persistentemente de un promedio de 8,7% a inicios de los 90, hasta quitar 13,1% al concluir la década, mientras que el subempleo comprometió a más de la mitad de la población económicamente activa. Los resultados de América Latina fueron similares.


Uno de los efectos más importantes del proceso de apertura económica fue el incremento significativo de los flujos de inversión extranjera directa y la reapertura de los mercados internacionales de capital. Entre 1990 y 1997, la región andina recibió recursos externos para financiar la inversión que en promedio fueron un 6% del PIB superiores a los registrados en la década de los 80. Sin embargo, estos flujos externos se caracterizaron por ser volátiles, lo que complicó el manejo macroeconómico y desencadenó crisis financieras y externas en varios países. A partir de 1998, los flujos externos se encarecieron y redujeron de manera súbita y persistente, restringiendo así las posibilidades de crecimiento.


De hecho, en los últimos cinco años, América Latina, y en especial los países andinos, ha estado particularmente afectada por severos choques externos que han debilitado su desempeño. Esto ha puesto en evidencia los tradicionales problemas de vulnerabilidad externa y volatilidad económica asociados a inestabilidad de los términos de intercambio y del financiamiento externo. La raíz de estos problemas sigue explicada fundamentalmente por el patrón de especialización productiva que prácticamente no ha variado y que sigue dependiente de la producción y exportación de los recursos naturales.


La vulnerabilidad externa se explica también por la debilidad del ahorro interno de los países andinos, que los hace más dependientes del ahorro externo para financiar sus requerimientos de inversión. Entre 1990 y 1997, el promedio de ahorro interno en los países andinos fue de 20,3% (18,5%, excluyendo a Venezuela), un porcentaje muy inferior al registrado por otros países de América Latina como Chile (25%) y por otros países en desarrollo como los del sudeste asiático (32%). Con tasas de ahorro doméstico tan bajas, la dependencia con respecto al ahorro externo para financiar la inversión es significativa y por tanto vulnerable a sus bruscas variaciones.


Adicionalmente, la intermediación de este ahorro a través de los mercados financieros ha sido insuficiente e ineficiente. Ciertamente, la liberalización de los sistemas financieros trajo consigo modificaciones estructurales importantes, entre ellos la presencia creciente de la banca extranjera en la región. No obstante, durante la década de los 90 varios países de la re- gión estuvieron afectados por debilidades en las instituciones de supervisión cuyo desarrollo no estuvo a la par de la liberalización del mercado-, malas prácticas bancarias y choques externos que desencadenaron severas crisis financieras y que implicaron pérdidas para los depo- sitantes y para el fisco.


En cuanto a los mercados de capitales, pese a los intentos de reformas y modernización, continúan siendo limitados, ilíquidos y concentrados en títulos de renta fija, principalmente originados por el sector público. Ello no ha permitido que este mercado se convierta en una alternativa para canalizar el ahorro de mediano y largo plazo hacia proyectos de inversión pro- ductiva.


En procesos de apertura e integración a la economía global como los seguidos por la región durante la década de los 90, la capacidad de los sectores productivos para competir internacionalmente es clave. En este campo, los indicadores de competitividad para la región muestran que los países de América Latina no solo ocupan lugares muy rezagados a nivel mundial, sino que esta situación empeoró, especialmente en los últimos años de la década.


Varios factores determinaron el pobre desempeño de la región en cuanto a competitividad, entre otros, el problema de la infraestructura insuficiente y el ambiente macroeconómico inestable. Desde una óptica microeconómica, la escasa productividad de las empresas para generar bienes y servicios se explica por la poca sofisticación de las estrategias de competencia, el clima de negocios adverso y el contexto general inadecuado. Sin embargo, hay otros dos elementos críticos que están afectando las posibilidades de la región para mejorar su competitividad: la débil capacidad tecnológica, especialmente por las limitaciones en absorber y adaptar nuevos conocimientos y tecnologías al proceso productivo, y la frágil e inefectiva institucionalidad que ha impuesto riesgos y costos adicionales a la inversión.


Esta reflexión es particularmente crítica para la región, dados los avances tecnológicos mundiales y la creciente brecha tecnológica y digital. Esta nueva dinámica presenta el desafío de incorporar el conocimiento, especialmente en áreas como la biotecnología, como motor del crecimiento y dar un salto cualitativo en el desarrollo de la región. Asimismo, la difusión de las tecnologías de comunicación es una oportunidad única para superar las tradicionales barreras geográficas. No obstante, la experiencia de la región en los últimos años muestra un agravamiento de la brecha digital, lo cual puede profundizar tanto las diferencias internacionales como las internas entre quienes acceden y quienes están al margen de dichas tecnologías.

Redaccion

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